09 febrer, 2010

Víctor López: el mapa de la omisión



14. Esta novela es el mapa de la omisión pero no de la amnesia. Octavio obvia Mishima y no quiere ya hablar más de él, sin embargo Octavio ha vuelto a leer a los críticos tamizados por Enric Sullà Álvarez y tiene muy claro que son paranoides que sirven para aclarar y discutir teoría literaria, tienen capacidad para cazar obras de arte pero no para componerlas. Grandes inútiles para hacerlas, crearlas, vestirlas y Octavio se da cuenta de que las obras literarias son ampliables y de esa ampliación se aprovechan para colocar los críticos de arte sus letras. Hace muy poquito leyó esto de lo cual no tiene la culpa y es de un tal Jesús Expósito Sinfinal. “En estos tiempos modernos  de policía y  sensación antianonimato aceptaría escribir sobre monarquías con hijos maricones vestidos de travestis. ¿La gente, los caminantes que están paseando para ver una película en el cine, se imaginan un príncipe que le diga a su padre Rey que se quiere casar con un hombre y así ser verdadero en su relación amorosa y encima le gustaría adoptar un hijo?. Octavio no puede escribir sobre eso. Es tan viva su lesión que está anclado en el desamor que no pude ya practicar el sexo y está anclado en el sin ir más lejos.

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08 febrer, 2010

Víctor López: aún más retazos



La gente con prisas canelas que conducen a una desesperante pereza sin sueño, sin descanso sin reflexión sobre el propio estado mental, no lee y se sorprende de que personas ajenas a ellos devoren libros y es que el estado mental que se obtiene de la lectura, de la asimilación, de las muchas ideas que de los hombres sabios se han desprendido antes, es un ejercicio sano, porque la salud se construye, se labra y se forja hasta que agotado del ejercicio de memorizar y olvidar y recordar y sostener hay que cenar la inmensa ignorancia que nos alimenta  que es la mayor lección que podemos sacar del conocimiento.


* * *


Los textos perdidos, las hojas que no encuentro, construidos con la inocente energía de la adolescencia, con la ignorancia que ahora aprecio y veo en la regla de Sócrates, los encuentro a faltar porque son prólogos de una inédita obra que nunca saldrá impresa. Ahora encuentro a faltar esas bibliotecas de habitud sin ética, esas obrillas que fusilaban con sonrisa de mala leche a los vagos funcionarios que pueblan nuestro hispánico país.

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04 febrer, 2010

Víctor López: más retazos



Vivir sin arte visual, torciendo las lagunas naturales de las leyes de los acordes del prójimo, abrazados y agarrados a la estulticia que personificada y creadora del todo y hasta de Platón, padre de los dioses del pensamiento, silva al pequeño oído de los ignorantes que alabarse a sí mismo, lo que en este siglo de despistes y mentiras ocurre con frecuencia, y se llama autoestima no es sabio.
No hay que proponerse la autoestima burda y de dura piel que nutre la vanidad sino la genealogía sabia de la abstención, la antilucha, el dejar hacer porque Dios persona muerta por escribas y vivida por profetas no existe, no está, ha desaparecido y si existiera tendría sonrisa anclada en la actitud feliz del cielo o lo que es lo mismo en el cinismo y la ironía.

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01 febrer, 2010

Víctor López: retazos





(Alguns textos fulgurants més en generosa ofrena del Víctor López)

Sabes Leonor demasiados trozos de memoria en griego de la Iliada y la Odisea pero la vida fea que nos envuelve no la sabes atar. La vida, lo que nos ocurre necesita ortopedia porque tiene botones rojos y descosiditos que nos acercan demasiado al hambre y a la muerte y demasiado poco a la felicidad.

Apuntaba los metros cuadrados de literatura en cuadrados papeles que después desaparecían tras haberlos ordenado y limpiado. Marina no practicará nunca más música. No saldrán de sus manos y los pentagramas que lee una nota ajustada a sentimiento. Esa idea, expandida como una pequeña y arrinconada lengua la escribió ayer. Ha desaparecido bajo el dolor de los que siguen a Gabriel Miró y Rulfo las letras avergonzadas y caerá sobre los que viven esta densa ciudad una tarde morena de vacaciones y pereza. Y vendrá otro mes de raciones de Septiembre y Plataneros y palomas y las parejas devolverán hombros de besos y tortillas largas y tiernas de inocencia. ¿Quieres saber qué es hemiplejia? Búscalo en el diccionario te responderán. Y sabrás lo que quiere decir pero eso no te ayudará a coger una bicicleta ni te enseñará que en la paciente crátera de su cabeza los nervios que son como una esencia del ser no sostenían la vida de su malogrado padre. Aroma de fémur. Quedarse con el verbo a punto de cementerio.


* * *


Está lloviendo y Octavio ve que en carmenes sencillos el octubre tiene versos y lágrimas fuertes que derramar. Lágrimas que las arropa el rayo que teme que lo deshaga y lo funda. Vienen tiempos negros de luz que rosigan la luz blanca del mediterráneo. Tiene ganas de llanto pero sus lágrimas no las llueve el mundo y el tiempo.


* * *


Asfaltadas las cositas/cortinas cotidianas con teléfonos de tristezas. Atraco de amor. No he encontrado ningún San Manuel bueno mártir que me salvara el corazón de algas violetas que me ha quedado y tengo.


* * *


El diccionario de la Navidad te encuentra donde te escondas y España es un país que pone sus esperanzas de progreso en la lotería.


* * *


Vestir la prisa. Nuestros árboles de Navidad no tienen nalgas de manzana. Respirar colores tomados de jaspes. Hija te estás haciendo mayor a pasos de gigante que no veo.


* * *


Con trémulas hojas de plátano asediaba el viento con hambre Matarona. La ciudad se volvía triste y se acababa el verano con palindromía de tiernos y generales sentimientos capuletos y dobles de Octavio. Mes de San miguel.

¿El amor se acaba? Es tan inútil pensarlo como decirlo. Gente hay que no piensa ni tan siquiera en conceptos tan sencillos como el amor. Deben ser felices.

Hilario habla más que una recua cotorra. Su interior no soporta la gente que habla y que explica sus abuelos. A Hilario no lo echan de casa pero sigue hablando y su exterior tiene que escuchar de su madre que se vaya de casa. Su interior llora sin lágrimas. Él ya se fue cuando era joven e Hilario que es el novio de su madre no hay quien lo eche. Él sigue escribiendo libretas de dolor. Se fue de casa de Leonor por lo mucho que hablaba ésta y a él le gusta el silencio y la escritura y el blues y tiene que mirarse el corazón para moverse.

Aguantar y encontrar la fiebre de las avestruces y curar lo legionario es lo que desea y no perder el camino de la juventud. Y es que se le está haciendo una piel con la escultura de la tristeza.

Tiene una úlcera en el estómago, imagina que de su padre que hace veinte años que muerto está como los fantasmas de Rulfo y una úlcera de amor llamada Leonor.

Esta novela es el mapa de la omisión pero no de la amnesia.

Avanzaba con paso quedo hacia la cama resbalada la madrugada del oeste.

Apuntaban con sol los días de primavera y avanzaba esta por la senda de la claridad. Los días de luz se hacían más largos y acercaban sus rosas dedos a horizontes viudos de llamaradas avanzadas de amor.

Ideas y frases que las sostienen son aperas ibéricas de espaldas de verdades. Incluir la luna en la novela.

Cromótulo 1 Entrar a trabajar

Cromótulo 2 Huelga

“                3 Elecciones.

“                4 Vacaciones.

“                5 Salir con Juana

Cromótulo 6 Literatura.


* * *


Las génesis de las sustancias de conocimiento sin primigenio origen están en los elegantes primos simétricos de laterizaciones de hombres y mujeres curiosos. Interrogados. Silenciosos. Agarrados a su perplejidad y en las evidencias tan simples y femeninas que nos procura la sexualidad de la ciencia. Libros que hacen recordar constantemente que los esmaltes de la neurocirugía que a Octavio el cojo le clipó la silviana están reposando muertos y abrazando polvo.


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16 gener, 2010

Literatura + Enfermedad = Enfermedad - ROBERTO BOLAÑO




Enfermedad y conferencia

Nadie debe extrañarse de que el conferenciante se ande por las ramas. Pongamos el siguiente caso. El conferenciante va a hablar sobre la enfermedad. El teatro se llena con diez personas. Hay una expectación entre los espectadores digna, sin duda, de mejor causa. La conferencia empieza a las siete de la tarde o a las ocho de la noche. Nadie del público ha cenado. Cuando dan las siete (o las ocho, o las nueve) ya están todos allí, sentados en sus asientos, los teléfonos móviles apagados. Da gusto hablar ante personas tan educadas. Sin embargo el conferenciante no aparece y finalmente uno de los organizadores del evento anuncia que no podrá venir debido a que, a última hora, se ha puesto gravemente enfermo.


Enfermedad y estatura

Vayamos al grano o acerquémonos por un instante a ese grano solitario que el viento o el azar ha dejado justo en medio de una enorme mesa vacía. No hace mucho tiempo, al salir de la consulta de Víctor Vargas, mi médico, una mujer me esperaba junto a la puerta confundida entre los demás pacientes que formaban la cola. Esta mujer era una mujer bajita, quiero decir de corta estatura, cuya cabeza apenas me llegaba a la altura del pecho, digamos unos pocos centímetros por arriba de las tetillas, y eso que llevaba unos tacones portentosos, como no tardé en descubrir. La visita, de más está decirlo, había ido mal, muy mal; mi médico sólo tenía malas noticias. Yo me sentía, no sé, no precisamente mareado, que es lo usual en estos casos, sino más bien como si los demás se hubieran mareado y yo fuera el único que mantenía una especie de calma o una cierta verticalidad. Tenía la impresión de que todos iban a gatas o, como suele decirse, a cuatro patas, mientras yo iba de pie o permanecía sentado, con las piernas cruzadas, que a todos los efectos es lo mismo que estar o ir de pie o mantener la verticalidad. En cualquier caso tampoco puedo decir que me sintiera bien, pues una cosa es mantenerse erguido mientras los demás gatean y otra cosa muy distinta es observar, con algo que a falta de una palabra mejor llamaré ternura o curiosidad o mórbida curiosidad, el gateo indiscriminado y repentino de quienes te rodean. Ternura, melancolía, nostalgia, sensaciones propias de un enamorado más bien cursi, y muy impropias de experimentar en el consultorio externo de un hospital de Barcelona. Por supuesto, si ese hospital hubiera sido un manicomio, tal visión no me habría afectado en lo más mínimo, pues desde muy joven me acostumbré —aunque nunca seguí— al refrán que dice que en el país al que fueres, haz lo que vieres, y lo mejor que uno puede hacer en un manicomio, aparte de mantener un silencio lo más digno posible, es gatear u observar el gateo de los compañeros de desgracia.

Pero yo no estaba en un manicomio sino en uno de los mejores hospitales públicos de Barcelona, un hospital que conozco bien pues he estado cinco o seis veces internado allí, y hasta entonces no había visto a nadie caminar a cuatro patas, aunque sí había visto a enfermos ponerse amarillos como canarios y había visto a otros que de repente dejaban de respirar, es decir, se morían, algo no inusual en un sitio así; pero a gatas no había visto, todavía, a nadie, por lo que pensé que las palabras de mi médico habían sido mucho más graves de lo que en principio creí, o lo que es lo mismo: que mi estado de salud era francamente malo. Y cuando salí de la consulta y vi a todo el mundo gateando, esta impresión sobre mi propia salud se acentuó y el miedo a punto estuvo de tumbarme y obligarme agatear a mí también. El motivo de que no lo hiciera fue la presencia de la mujer bajita, que en ese momento se me acercó y dijo su nombre, la doctora X, y luego pronunció el nombre de mi médico, mi querido doctor Vargas, con quien mantengo una relación tipo armador griego millonario, es decir la relación de un hombre casado que ama pero que procura ver lo menos posible a su mujer, y añadió, la doctora X, que estaba al tanto de mi enfermedad o del progreso de mi enfermedad y deseaba incluirme en un trabajo que ella estaba haciendo. Le pregunté educadamente por la naturaleza de ese trabajo. Su respuesta fue vaga. Me explicó que apenas me haría perder media hora de mi tiempo y que se trataba de que yo hiciera algunos tests que tenía preparados. No sé por qué, finalmente le dije que sí, y entonces ella me guió fuera de las consultas externas hasta un ascensor de grandes proporciones, un ascensor en donde había una camilla, vacía, por supuesto, pero ningún camillero, una camilla que subía y que bajaba con el ascensor, como una novia bien proporcionada con —o en el interior de— su novio desproporcionado, pues el ascensor era verdaderamente grande, tanto como para albergar en su interior no sólo una camilla sino dos, y además una silla de ruedas, todas con sus respectivos ocupantes, pero lo más curioso era que en el ascensor no había nadie, salvo la doctora bajita y yo, y justo en ese momento, con la cabeza no sé si más fría o más caliente, me di cuenta de que la doctora bajita no estaba nada mal.

No bien descubrí esto, me pregunté qué ocurriría si le proponía hacer el amor en el ascensor, cama no nos iba a faltar. Recordé en el acto, como no podía ser menos, a Susan Sarandon disfrazada de monja preguntándole a Sean Penn cómo podía pensar en follar si le quedaban pocos días de vida. El tono de Susan Sarandon, por descontado, es de reproche. No recuerdo, para variar, el título de la película, pero era una buena película, dirigida, creo, por Tim Robbins, que es un buen actor y tal vez un buen director pero que no ha estado jamás en el corredor de la muerte. Follar es lo único que desean los que van a morir. Follar es lo único que desean los que están en las cárceles y en los hospitales. Los impotentes lo único que desean es follar. Los castrados lo único que desean es follar. Los heridos graves, los suicidas, los seguidores irredentos de Heidegger. Incluso Wittgenstein, que es el más grande filósofo del siglo XX, lo único que deseaba era follar. Hasta los muertos, leí en alguna parte, lo único que desean es follar. Es triste tener que admitirlo, pero es así.


Enfermedad y Dioniso


Aunque la verdad de la verdad, la puritita verdad, es que me cuesta mucho admitirlo. Esa explosión seminal, esos cúmulos y cirros que cubren nuestra geografía imaginaria, terminan por entristecer a cualquiera. Follar cuando no se tienen fuerzas para follar puede ser hermoso y hasta épico. Luego puede convertirse en una pesadilla. Sin embargo, no hay más remedio que admitirlo. Miren, por ejemplo, las cárceles de México. Aparece un tipo no precisamente agraciado, chaparro, seboso, panzón, bizco, y que encima es malo y huele mal. Este tipo, cuya sombra se desplaza con una lentitud exasperante por las paredes de la cárcel o por los pasillos interiores de la cárcel, al poco tiempo de estar allí se hace amante de otro tipo, igual de feo pero más fuerte. No ha habido un romance prolongado, un romance lleno de pasos y de estaciones. No ha habido una afinidad electiva tal como la entendía Goethe. Ha sido un amor a primera vista, primario, si ustedes quieren, pero cuya finalidad no difiere mucho de la finalidad buscada por tantas parejas normales o que nos parecen normales. Son novios. Sus galanteos, sus deliquios, son como radiografías. Follan cada noche. A veces se pegan. Otras veces se cuentan sus vidas, como si fueran amigos, aunque en realidad no son amigos sino amantes. Los domingos, incluso, ambos reciben las visitas de sus respectivas mujeres, que son tan feas como ellos. Obviamente ninguno de los dos es lo que llamaríamos un homosexual. Si alguien se lo echara encara probablemente ellos se enojarían tanto, se sentirían tan ofendidos, que primero violarían brutalmente al ofensor y luego lo asesinarían. Esto es así. Victor Hugo, que según Daudet era capaz de comerse una naranja entera de un solo bocado, prueba máxima de salud, según Daudet, típico gesto de cerdo, según mi mujer, dejó escrito en Los miserables que la gente oscura, la gente atroz, es capaz de experimentar una felicidad oscura, una felicidad atroz. Según creo recordar, pues Los miserables es un libro que leí en México hace muchísimos años y que dejé en México cuando me fui de México para siempre y que no pienso volver a comprar ni a releer, pues no hay que leer ni mucho menos releer los libros de los cuales se hacen películas, y creo que de Los miserables se hizo hasta un musical. Esa gente atroz, como decía, cuya felicidad es atroz, son aquellos rufianes que acogen a Cosette cuando Cosette aún es una niña, y que encarnan a la perfección no sólo el mal y la mezquindad de cierta pequeña burguesía o de aquello que aspira a formar parte de la pequeña burguesía, sino que con el paso del tiempo y los avances del progreso encarnan, a estas alturas de la historia, a casi la totalidad de lo que hoy llamamos clase media, una clase media de izquierda o de derecha, culta o analfabeta, ladrona o de apariencia proba, gente provista de buena salud, gente preocupada en cuidar su buena salud, gente exactamente igual (probablemente menos violenta y menos valiente, más prudente, más discreta) que los dos pistoleros mexicanos que viven su amor encerrados en un penal.

Dioniso lo ha invadido todo. Está instalado en las iglesias y en las ONG, en el gobierno y en las casas reales, en las oficinas y en los barrios de chabolas. La culpa de todo la tiene Dioniso. El vencedor es Dioniso. Y su antagonista o contrapartida ni siquiera es Apolo, sino don Pijo o doña Siútica o don Cursi o doña Neurona Solitaria, guardaespaldas dispuestos a pasarse al enemigo a la primera detonación sospechosa.


Enfermedad y Apolo


¿Y dónde diablos está el maricón de Apolo? Apolo está enfermo, grave.


Enfermedad y poesía francesa


La poesía francesa, como bien saben los franceses, es la más alta poesía del siglo XIX y de alguna manera en sus páginas y en sus versos se prefiguran los grandes problemas que iba a afrontar Europa y nuestra cultura occidental durante el siglo XX y que aún están sin resolver. La revolución, la muerte, el aburrimiento y la huida pueden ser esos temas. Esa gran poesía fue escrita por un puñado de poetas y su punto de partida no es Lamartine, ni Hugo, ni Nerval, sino Baudelaire. Digamos que se inicia con Baudelaire, adquiere su máxima tensión con Lautréamont y Rimbaud, y finaliza con Mallarmé. Por supuesto, hay otros poetas notables, como Corbière o Verlaine, y otros que no son desdeñables, como Laforgue o Catulle Mendés o Charles Cros, e incluso alguno no del todo desdeñable como Banville. Pero la verdad es que con Baudelaire, Lautréamont, Rimbaud y Mallarmé ya hay suficiente. Empecemos por el último. Quiero decir, no por el más joven sino por el último en morir, Mallarmé, que se quedó a dos años de conocer el siglo XX. Éste escribe en Brisa Marina:

La carne es triste, ¡ay!, y todo lo he leído.
¡Huir! ¡Huir! Presiento que en lo desconocido
de espuma y cielo, ebrios los pájaros se alejan.
Nada, ni los jardines que los ojos reflejan
sujetará este pecho, náufrago en mar abierta
¡oh, noches!, ni en mi lámpara la claridad desierta
sobre la virgen página que esconde su blancura,
y ni la fresca esposa con el hijo en el seno. ¡He de partir al fin! Zarpe el barco, y sereno
meza en busca de exóticos climas su arboladura.
Un hastío reseco ya de crueles anhelos
aún suena en el último adiós de los pañuelos.
¡Quién sabe si los mástiles, tempestades buscando,
se doblarán al viento sobre el naufragio, cuando
perdidos floten sin islotes ni derroteros!...
¡Más oye, oh corazón, cantar los marineros!

Un bonito poema. Nabokov le habría aconsejado al traductor no mantener la rima, dar una versión en verso libre, hacer una versión feísta, si Nabokov hubiera conocido al traductor, Alfonso Reyes, que para la cultura occidental poco significa pero que para esa parte de la cultura occidental que es Latinoamérica significa (o debería significar) mucho. ¿Pero qué quiso decir Mallarmé cuando dijo que la carne es triste y que ya había leído todos los libros? ¿Que había leído hasta la saciedad y que había follado hasta la saciedad? ¿Que a partir de determinado momento toda lectura y todo acto carnal se transforman en repetición? ¿Que lo único que quedaba era viajar? ¿Que follar y leer, a la postre, resultaba aburrido, y que viajar era la única salida? Yo creo que Mallarmé está hablando de la enfermedad, del combate que libra la enfermedad contra la salud, dos estados o dos potencias, como queráis, totalitarias; yo creo que Mallarmé está hablando de la enfermedad revestida con los trapos del aburrimiento. La imagen que Mallarmé construye sobre la enfermedad, sin embargo, es, de alguna manera, prístina: habla de la enfermedad como resignación, resignación de vivir o resignación de lo que sea.

Es decir, está hablando de derrota. Y para revertir la derrota opone vanamente la lectura y el sexo, que sospecho que para mayor gloria de Mallarmé y mayor perplejidad de Madame Mallarmé eran la misma cosa, pues de lo contrario nadie en su sano juicio puede decir que la carne es triste, así, de esa forma taxativa, que enuncia que la carne sólo es triste, que la petit morte, que en realidad no dura ni siquiera un minuto, se extiende a todos los gestos del amor, que como es bien sabido pueden durar horas y horas y hacerse interminables, en fin, que un verso semejante no desentonaría en un poeta español como Campoamor pero sí en la obra y en la biografía de Mallarmé, indisolublemente unidas, salvo en este poema, en este manifiesto cifrado, que sólo Paul Gauguin se tomó al pie de la letra, pues que se sepa Mallarmé no escuchó jamás cantar a los marineros, o si los escuchó no fue, ciertamente, a bordo de un barco con destino incierto.

Y menos aún se puede afirmar que uno ya ha leído todos los libros, pues incluso aunque los libros se acaben nunca acaba uno de leerlos todos, algo que bien sabía Mallarmé. Los libros son finitos, los encuentros sexuales son finitos, pero el deseo de leer y de follar es infinito, sobrepasa nuestra propia muerte, nuestros miedos, nuestras esperanzas de paz. ¿Y qué le queda a Mallarmé en este ilustre poema, cuando ya no le quedan, según él, ni ganas de leer ni ganas de follar? Pues le queda el viaje, le quedan las ganas de viajar. Y ahí está tal vez la clave del crimen. Porque si Mallarmé llega a decir que lo que queda por hacer es rezar o llorar o volverse loco, tal vez habría conseguido la coartada perfecta.

Pero en lugar de eso Mallarmé dice que lo único que resta por hacer es viajar, que es como si dijera navegar es necesario, vivir no es necesario, frase que antes sabía citar en latín y que por culpa de las toxinas viajeras de mi hígado también he olvidado, o lo que es lo mismo, Mallarmé opta por el viajero con el torso desnudo, por la libertad que también tiene el torso desnudo, por la vida sencilla (pero no tan sencilla si rascamos un poco) del marinero y del explorador que, a la par que es una afirmación de la vida, también es un juego constante con la muerte y que,en una escala jerárquica, es el primer peldaño de cierto aprendizaje poético. El segundo peldaño es el sexo y el tercero los libros. Lo que convierte la elección mallarmeana en una paradoja o bien en un regreso, en un volver a empezar desde cero. Y llegado a este punto no puedo, antes de volver al ascensor, dejar de pensar en un poema de Baudelaire, el padre de todos, en el que éste habla del viaje, del entusiasmo juvenil del viaje y de la amargura que todo viaje a la postre deja en el viajero, y pienso que tal vez el soneto de Mallarmé es una respuesta al poema de Baudelaire, uno de los más terribles que he leído, el de Baudelaire, un poema enfermo, un poema sin salida, pero acaso el poema más lúcido de todo el siglo XIX.


Enfermedad y viajes


Viajar enferma. Antiguamente los médicos recomendaban a sus pacientes, sobre todo a los que padecían enfermedades nerviosas, viajar. Los pacientes, que por regla general tenían dinero, obedecían y se embarcaban en largos viajes que duraban meses y en ocasiones años. Los pobres que tenían enfermedades nerviosas no viajaban. Algunos, es de suponer, enloquecían. Pero los que viajaban también enloquecían o, lo que es peor, adquirían nuevas enfermedades conforme cambiaban de ciudades, de climas, de costumbres alimenticias.

Realmente, es más sano no viajar, es más sano no moverse, no salir nunca de casa, estar bien abrigado en invierno y sólo quitarse la bufanda en verano, es más sano no abrir la boca ni pestañear, es más sano no respirar. Pero lo cierto es que uno respira y viaja. Yo, sin ir más lejos, comencé a viajar desde muy joven, desde los siete u ocho años, aproximadamente. Primero en el camión de mi padre, por carreteras chilenas solitarias que parecían carreteras posnucleares y que me ponían los pelos de punta, luego en trenes y en autobuses, hasta que a los quince años tomé mi primer avión y me fui a vivir a México. A partir de ese momento los viajes fueron constantes. Resultado: enfermedades múltiples.

De niño, grandes dolores de cabeza que hacían que mis padres se preguntaran si no tendría una enfermedad nerviosa y si no sería conveniente que emprendiera, lo más pronto posible, un largo viaje reparador. De adolescente, insomnio y problemas de índole sexual. De joven, pérdida de dientes que fui dejando, como las miguitas de pan de Hansel y Gretel, en diferentes países; mala alimentación que me provocaba acidez estomacal y luego una gastritis; abuso de la lectura que me obligó a llevar lentes; callos en los pies producto de largas caminatas sin ton ni son; infinidad de gripes y catarros mal curados. Era pobre, vivía en la intemperie y me consideraba un tipo con suerte porque, a fin de cuentas, no había enfermado de nada grave. Abusé del sexo pero nunca contraje una enfermedad venérea. Abusé de la lectura pero nunca quise ser un autor de éxito. Incluso la pérdida de dientes para mí era una especie de homenaje a Gary Snyder, cuya vida de vagabundo zen lo había hecho descuidar su dentadura. Pero todo llega. Los hijos llegan. Los libros llegan. La enfermedad llega. El fin del viaje llega.


Enfermedad y callejón sin salida


El poema de Baudelaire se llama “El viaje”. El poema es largo y delirante, es decir posee el delirio de la extrema lucidez, y no es éste el momento de leerlo completo. El traductor es el poeta Antonio Martínez Sarrión y sus primeros versos dicen así:

Para el niño, gustoso de mapas y grabados,
Es semejante el mundo a su curiosidad.
El poema, pues, empieza con un niño. El poema de la aventura y del horror, naturalmente, empieza en la mirada pura de un niño. Luego dice:
Un buen día partimos, la cabeza incendiada, Repleto el corazón de rabia y amargura,
Para continuar, tal las olas, meciendo
Nuestro infinito sobre lo finito del mar:
Felices de dejar la patria infame, unos;
El horror de sus cunas, otros más; no faltando,
Astrólogos ahogados en miradas bellísimas
De una Circe tiránica, letal y perfumada.
Para no ser cambiados en bestias, se emborrachan
De cielos abrasados, de espacio y resplandor,
El hielo que les muerde, los soles que les queman,
La marca de los besos borran con lentitud.
Pero los verdaderos viajeros sólo parten
Por partir; corazones a globos semejantes
A su fatalidad jamás ellos esquivan
Y gritan “¡Adelante!” sin saber bien por qué.

El viaje que emprenden los tripulantes del poema de Baudelaire en cierto modo se asemeja al viaje de los condenados. Voy a viajar, voy a perderme en territorios desconocidos, a ver qué encuentro, a ver qué pasa. Pero previamente voy a renunciar a todo. O lo que es lo mismo: para viajar de verdad los viajeros no deben tener nada que perder. El viaje, este largo y accidentado viaje del siglo XIX, se asemeja al viaje que hace el enfermo a bordo de una camilla, desde su habitación a la sala de operaciones, donde le aguardan seres con el rostro oculto debajo de pañuelos, como bandidos de la secta de los hashishin. Por cierto, las primeras estampas del viaje no rehúyen ciertas visiones paradisíacas, producto más de la voluntad o de la cultura del viajero que de la realidad:

¡Asombrosos viajeros! ¡Cuántas nobles historias
Leemos en vuestros ojos profundos como el mar!
Mostradnos los estuches de tan ricas memorias

Y también dice: ¿Qué habéis visto? Y el viajero, o ese fantasma que representa a los viajeros, contesta enumerando las estaciones del infierno. El viajero de Baudelaire, evidentemente, no cree que la carne sea triste y que ya haya leído todos los libros, aunque evidentemente sabe que la carne, trofeo y joya de la entropía, es triste y más que triste, y que una vez leído un solo libro, todos los libros están leídos. El viajero de Baudelaire tiene la cabeza incendiada y el corazón repleto de rabia y amargura, es decir, probablemente se trata de un viajero radical y moderno, aunque por supuesto es alguien que razonablemente quiere salvarse, que quiere ver, pero que también quiere salvarse. El viaje, todo el poema, es como un barco o una tumultuosa caravana que se dirige directamente hacia el abismo, pero el viajero, lo intuimos en su asco, en su desesperación y en su desprecio, quiere salvarse. Lo que finalmente encuentra, como Ulises, como el tipo que viaja en una camilla y confunde el cielo raso con el abismo, es su propia imagen:

¡Saber amargo aquel que se obtiene del viaje!
Monótono y pequeño, el mundo, hoy día, ayer,
Mañana, en todo tiempo, nos lanza nuestra imagen:
¡En desiertos de tedio, un oasis de horror!

Y con ese verso, la verdad, ya tenemos más que suficiente. En medio de un desierto de aburrimiento, un oasis de horror. No hay diagnóstico más lúcido para expresar la enfermedad del hombre moderno. Para salir del aburrimiento, para escapar del punto muerto, lo único que tenemos a mano,y no tan a mano, también en esto hay que esforzarse, es el horror, es decir el mal. O vivimos como zombis, como esclavos alimentados con soma, o nos convertimos en esclavizadores, en seres malignos, como el tipo aquel que después de asesinar a su mujer y a sus tres hijos dijo, mientras sudaba a mares, que se sentía extraño, como poseído por algo desconocido, la libertad, y luego dijo que las víctimas se habían merecido lo que les pasó, aunque al cabo de unas horas, más tranquilo, dijo que nadie se merecía una muerte tan cruel y luego añadió que probablemente se había vuelto loco y les pidió a los policías que no le hicieran caso.

Un oasis siempre es un oasis, sobre todo si uno sale de un desierto de aburrimiento. En un oasis uno puede beber, comer, curarse las heridas, descansar, pero si el oasis es de horror, si sólo existen oasis de horror, el viajero podrá confirmar, esta vez de forma fehaciente, que la carne es triste, que llega un día en que todos los libros están leídos y que viajar es un espejismo. Hoy, todo parece indicar que sólo existen oasis de horror o que la deriva de todo oasis es hacia el horror.


Enfermedad y pruebas


Y ya es hora de volver a ese ascensor enorme, el ascensor más grande que he visto en mi vida, un ascensor en donde un pastor hubiera podido meter un reducido rebaño de ovejas y un granjero dos vacas locas y un enfermero dos camillas vacías, y en donde yo me debatía, literalmente, entre la posibilidad de pedirle a aquella doctora de corta estatura, casi una muñeca japonesa, que hiciera el amor conmigo o que al menos lo intentáramos, y la posibilidad cierta de echarme a llorar allí mismo, como Alicia en el País de las Maravillas, e inundar el ascensor no de sangre, como en El resplandor de Kubrick, sino de lágrimas. Pero los buenos modales, que nunca están de más y que pocas veces estorban, en ocasiones como ésta son un estorbo, y al poco rato la doctora japonesa y yo estábamos encerrados en un cubículo, con una ventana desde la que se veía la parte de atrás del hospital, haciendo unas pruebas rarísimas, que a mí me parecieron exactamente iguales que las pruebas que aparecen en las páginas de pasatiempos de cualquier periódico dominical.
Por supuesto, me esmeré mucho en hacerlas bien, como si quisiera demostrarle a ella que mi médico estaba equivocado, vano esfuerzo, pues aunque realizaba las pruebas de forma impecable la pequeña japonesa permanecía impasible, sin dedicarme ni la más mínima sonrisa de aliento. De vez en cuando, mientras ella preparaba una nueva prueba, hablábamos. Le pregunté por las posibilidades de éxito de un trasplante de hígado. Muchas posibilidades, dijo. ¿Qué tanto por ciento?, dije yo. Sesenta pol ciento, dijo ella. Joder, dije yo, es muy poco. En política es mayolía absoluta, dijo ella.

Una de las pruebas, tal vez la más sencilla, me impresionó mucho. Consistía en mantener durante unos segundos las manos extendidas de forma vertical, vale decir con los dedos hacia arriba, enseñándole a ella las palmas y contemplando yo el dorso. Le pregunté qué demonios significaba ese test. Su respuesta fue que, en un punto más avanzado de mi enfermedad, sería incapaz de mantener los dedos en esa posición. Éstos, inevitablemente, se doblarían hacia ella. Creo que dije: Vaya por Dios. Tal vez me reí. Lo cierto es que a partir de entonces ese test me lo hago cada día, esté donde esté. Pongo las manos delante de mis ojos, con el dorso hacia mí, y observo durante unos segundos mis nudillos, mis uñas, las arrugas que se forman sobre cada falange. El día que los dedos no puedan mantenerse firmes no sé muy bien qué haré, aunque sí sé qué no haré. Mallarmé escribió que un golpe de dados jamás abolirá el azar. Sin embargo, es necesario tirar los dados cada día, así como es necesario realizar el test de los dedos enhiestos cada día.


Enfermedad y Kafka

Cuenta Canetti en su libro sobre Kafka que el más grande escritor del siglo XX comprendió que los dados estaban tirados y que ya nada le separaba de la escritura el día en que por primera vez escupió sangre. ¿Qué quiero decir cuando digo que ya nada le separaba de su escritura? Sinceramente, no lo sé muy bien. Supongo que quiero decir que Kafka comprendía que los viajes, el sexo y los libros son caminos que no llevan a ninguna parte, y que sin embargo son caminos por los que hay que internarse y perderse para volverse a encontrar o para encontrar algo, lo que sea, un libro, un gesto, un objeto perdido, para encontrar cualquier cosa, tal vez un método, con suerte: lo nuevo, lo que siempre ha estado allí.


I UN COMENTARI LÚCID I INTEMPESTIU AL RESPECTE: http://coctelmarx.blogspot.com/2009/06/el-higado-de-bolano.html

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02 desembre, 2009

PAPELES INESPERADOS, J. Cortázar. Alfaguara, 2009


Tal i com postula el més proverbial dels aforismes editorials, el pòstum ven. I deixi’s estar de consideracions ètiques, que els aforismes són incondicionals. Un imperatiu artístic mai res no ha pogut contra les lleis de la productivitat: escriptor mort, escriptor rentable. Gargalls, purulències, baixeses, impudícies, passos en fals... Tot esdevé publicable amb un certificat de defunció ―autèntic― al davant. Aquest estat de coses converteix l’òbit dels nostres autors de capçalera en el tret de sortida d’una cursa de voltors a la cacera arqueològica del més perdut dels manuscrits (si convé, al calaix dels gallumbos).
Quan Julio Cortázar va designar la seva primera muller, Aurora Bernárdez, com a hereva i indelegable marmessora universal de la seva obra, devia ésser conscient avant la lettre d’aqueixa possibilitat sinistra. Ella l’havia acompanyat fidelment en els darrers temps, quan ja Carol Dunlop havia mort i Cortázar, sumit en profunda depressió, afrontava la fase final de la seva leucèmia. I també fidelment, al llarg del temps, ha sabut Bernárdez estar a l’alçada de la responsabilitat que suposa publicar des de la dignitat i el criteri l’inevitable llegat pòstum del gran cronopi. Així és com, amb els anys, hem vist succeir-se Divertimento (1986), Diario de Andrés Fava (1995) i Imagen de John Keats (1996). I així és com aquest 2009 han vist la llum la Correspondencia Cortázar-Dunlop-Monrós i, feliçment, aquests Papeles inesperados d’Alfaguara que van (si no m’erro) per la segona edició.
Feliçment?
Sens dubte. Almenys pels “lectors-heroi” que, tal i com recorda al pròleg l’especialista en cronopilogia Carles Álvarez Garriga, som els que si poguéssim llegiríem fins i tot la llista de comprar queviures. Braus lectors disposats a creure’ns sense vacil•lar que això d’inesperados és seriós, i que és del tot casual el descobriment dels baüls plens d’inèdits 25 anys justos després de la mort de Cortázar. Els “lectors-vinagreta”, els de la banda de Kafka i no de Brod, podran malgrat tot sentir-se confortats en saber que el gruix dels textos del llibre ja havien estat publicats anteriorment, de manera dispersa i mai en format llibre, inaccessibles, desconeguts, però publicats al cap i a la fi. Proses, poesies i autoentrevistes que conformen una mena d’estrany almanac com els que tan cars li eren en la seva darrera etapa (penso en ‘La vuelta al día en ochenta mundos’ o ‘Último round’), que abasta tota la seva vida i pràcticament tots els gèneres que va treballar.
Primer, les PROSAS: “Historias” (contes i similars, la majoria primeres versions o versions alternatives); “Historias de cronopios” (tres cronopis nous); “De Libro de Manuel” (capítol eròtic suprimit per redundant); “De un tal Lucas” (sempre Lucas); “Momentos” y “Circunstancias” (assaigs, miscel•lànies i textos d’emergència, alguns de gran qualitat); “De los amigos” y “Otros territorios” (literatura sobre amics i entorn altres formes d’art); i “Fondos de cajón” (brillants i inclassificables gèrmens i espurnes). I a la fi, el Cortázar menys difós: les ENTREVISTAS ANTE EL ESPEJO (autoentrevistes entre la sorna i la vindicació) i els POEMAS. Sempre, per descomptat, amb la seva signatura: l’humor, el joc, l’absurd, el fantàstic quotidià i el quotidià fantàstic, les ciutats, les companyies.
I molt especialment aquí el compromís polític, amb profusió de peces combatives per la revolució llatinoamericana i contra les dictadures, i Cuba, i Nicaragua, i la seva manera d’encarar les mentides d’un fals patriotisme. La politització fou per molts l’eclipsi del gran Cortázar com a escriptor. Al marge de valoracions, les pàgines que aquí llegim ens parlen d’una extrema honestedat en pensar i dir el paper de l’escriptor en la lluita, d’una saníssima heterodòxia i d’una fe indestructible en l’art com a via de transformació i d’emancipació.
Hi ha al llarg del recull moments realment àlgids, i molts d’altres que estaríem temptats de qualificar de “menors” si la prudència no ens emmordacés: fins i tot aquest Cortázar no tan Cortázar està molt per sobre de la paraula a la que la majoria podrà mai aspirar.

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09 novembre, 2009

Moon (Duncan Jones)


“Moon” està bé. I “estar bé” no és poca cosa enmig de la deixalleria que tenim per cartellera. Noti’s, tanmateix, que dir que “Moon” està bé és dir, simultàniament, que està sobrevalorada. Que no és l’hòstia, demencial, tremenda, que no és el non plus ultra de la ciència ficció, vaja. No, no. Està bé. Stop.

Duncan Jones fa honor a l’arbre genealògic ―és fill del David Bowie― i situa el set de rodatge a les rodalies galàctiques immediates. Bastant més immediates, de fet, que el Mart de Ziggy Stardust i les seves aranyes. I bastant menys psicodèliques. Modestament, la Lluna. Reconstruïda, això sí, en un plató londinenc que s’ajustés al no menys modest pressupost, sens dubte la dimensió més meritòria d’aquest projecte indie ―a saber: la tensió entre la bona factura i la despesa, el que les lleis del mercat anomenen relació qualitat / preu.

El guió de dobles, clons, fantasmes i falses identitats que Nathan Parker fa orbitar al voltant de l’astronauta Sam Bell és efectiu i intel•ligent i, quan s’enfarfega una mica, el pes específic de la interpretació de Rockwell sustenta de sobra qualsevol imprecisió, i fa que la peli acabi essent una digníssima descendent dins l’estirp del cinema de desdoblament (vegi’s “Inseparables” o “El ladrón de orquídeas”). Si sortim a buscar un referent clar, però, arribem ràpid al 2001 de Kubrick. Començant per la buscada estètica retro i acabant per Gerty, el segon protagonista en discòrdia, la màquina (que no la dona) al darrera del gran home, una versió moralment millorada del Hal 9000, de qui ha heretat l’encant però no la deficient percepció del bé i el mal. I ―atenció― amb la veu del Kevin Spacey.

Altres cables que “Moon” tira: “Desafío Total”, “Blade Runner” i, per extensió, tota la ciència-ficció entorn la memòria i la implantació de records; el cinema de ciència-ficció dels 70 i 80 de contingut humà, massa humà (“Alien, el 8º pasajero”, “Naves misteriosas”, “Atmósfera cero”).

No vull oblidar-me de la cuidadíssima banda sonora, a càrrec de Clint Mansell, que ja busco com un desesperat a les meves xarxes p2p.

I és que, certament, és gratificant que algú torni a entendre la ciència-ficció com el que havia sigut quan realment va ser gran: com un poderós artefacte genèric per a pensar l’home. Però, coi, hom va al cinema esperant cagar-se al damunt de plaer i surt dient, en fi, ja sabeu, per sort, com a mínim, què volies... Està bé.

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